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Diario de una ansiosa

¿Es posible sobrevivir a tu ansiedad?

Quisiera comenzar este texto aclarando que solo voy a hablar de mi experiencia personal, no pretendo hacer de mis vivencias la verdad universal sobre lo que significa padecer TAG.

Dicho esto, paso a contarles. Mi nombre es Camila, tengo veintiséis años y soy madre de dos hermosos niños de tres años y tres meses respectivamente.

Y sufro un trastorno de ansiedad generalizada.

Como muchos sabrán, ser padre no es tarea fácil. En la etapa temprana del crecimiento de los niños nos encontramos con muchos obstáculos: berrinches, pruebas, angustias, enojos; obstáculos que ponen a prueba nuestra paciencia y nuestros nervios. Es una etapa de aprendizaje para ellos, pero también para nosotros: aprendemos a poner limites con amor, con respeto, con cuidado.

Es difícil. Muy difícil. Hay días en los que solo queremos hacernos un bollito en la cama y descansar doce horas consecutivas. O al menos eso le sucede a la mayoría de los padres. Conmigo es un poco mas... complicado.

Desde el año 2013 que se que sufro TAG. Hasta el día en el que me lo diagnosticaron, no tenia ni idea de que siquiera existiese dicho trastorno. Confundía mis episodios con ataques de pánico, con momentos de estrés aislados, que nada tenían que ver con el exceso de energía y nervios que de a momentos experimentaba... Con el tiempo, aprendí diferentes ejercicios para mejorar mi calidad de vida, y me iba bien, había reducido considerablemente los episodios, me sentía mas relajada, mas feliz... Hasta que me entere que iba a ser madre.

Una revolución completa atravesó mi mente. De pronto, todo lo que había avanzado con mi problemilla, se había esfumado. ¿Como iba a enfrentar esto? ¿Como podía hacerme cargo de una pequeña vida si apenas podía con la mía? ¿Como podía traer al mundo a alguien tan importante si ni siquiera sabía hacia donde iba? Miedo. Miedo inmenso, oscuro, precoz, apabullante. El maldito miedo y la angustia volvían a mi, como asesinos que no habían terminado su trabajo. Lloraba todas las noches creyendo que mi ser no era mas que eso, una conjunción de miedos.

Incluso sufría parálisis del sueño.

Todo comenzó a mejorar cuando escuché el llanto de mi pequeño Noah por primera vez. Un calor colmó mi pecho, alejo, al menos por esos días, aquellos monstruos que me acechaban. Cerraba su manita alrededor de mi dedo y me hacía sentir que el mundo entero quedaba en silencio.

Peeeeero... Noah comenzó a crecer. Sus ansias por descubrir su entorno lo obligaban a ponerse a prueba, todo enterito, de a momentos, poniendo en riesgo su pequeña integridad. Mami lo miraba maravillada, y por dentro se horrorizaba. ¿Era necesario llevarse todo a la boca? Según los doctores, claro. Pero eso no hacía que me sintiera mejor al respecto. Sentía mucha presión por no cometer los errores que se habían cometido conmigo, y eso me convirtió en una madre que no lograba disfrutar de su niño. Me veía a mi misma siempre a la defensiva, creyendo que los demás me creían aún una chica inexperta que poco entendía sobre la maternidad.

Nervios. Estres.

Las ansias por cumplir mis propias exigencias me comenzaban a pasar la misma factura de años anteriores. Las alarmas que no quise ver comenzaron a manifestarse en mi piel. Mas concretamente, en mis manos. ¡Se me estaban "pelando" los dedos! Mi Noah crecía, se ponía belicoso, se tiraba de todas partes, no me escuchaba y yo no sabía como manejarme. Rompía cosas, lo retaba y él me observaba como si no le importara. Mis lagrimas corrían tibias por mi almohada durante las noches. Estaba fallando al cumplir mi rol y mis manos peladas lo sabían. Eran testigos de mi fracaso.

Mi marido vio todas las señales de alerta. Intento advertirme: "Camila, necesitas relajarte o te vas a atacar" me decía. Estaba claro que no podía con todo sola. No dejaba que me ayudara y no podía abarcarlo todo. Doctor, trabajo, estudio, casa. HIJO. ¿Cuando había tiempo para mi?

Ya ni mis modestos ejercicios para controlar mi ansiedad funcionaban. Mi colapso se hacía inminente.

No quiero que me malinterpreten. Mi hijo no causo ninguna de mis crisis nerviosas post-maternidad. No. Fui yo y mi necesidad tonta de ser "la madre perfecta".

Lo peor no fue cuando finalmente tuve mi colapso nervioso. Que fue bastante feo por cierto. No. Lo peor vino con el segundo.

Teo. Mi precioso Teo...

Los niños suelen ponerse celosos cuando saben que van a tener un hermanito. Hay padres extremadamente afortunados (siéntanse unicornios, así de especiales son) que viven la llegada de un segundo hijo de manera increíble, llena de azúcar, flores y muchos colores. Pues no es tan asi para la mayoría de los mortales. Noah decidió declararnos una guerra tácita a su padre y a mi, por quitarle la exclusividad. Había sido hijo único hasta ese momento, incluso era el primero de casi todo en la familia: primer nieto, primer sobrino, primer bisnieto, incluso, y aunque no lo crean, ¡primer tataranieto! Y mami y papi lo habían estafado.

No quiso acercarse a mi hasta que tuve una panza ineludible. Y aun así, me ignoraba bastante. Su enojo era una cruz. Si bien mi marido se lo tomaba con gracia, mis hormonas y yo llorábamos desconsoladamente por el destrato de mi pequeño de dos años. "No me quiere más" le decía a mi marido entre sollozos. El esfuerzo que ha hecho ese hombre para no reírse de mis crisis existenciales en la maternidad le ha sido merecedor de un gran premio.

Aun así, con todas mis hormonas, mis angustias, mis miedos, con Teo me sentía un poco mas segura. Era el segundo, y eso significaba un gran alivio: ya sabía a que me enfrentaba. Pues para todo aquel que no lo sepa, el ansioso sufre mucho por aquello que desconoce. El futuro representa un manto de angustia que no podemos controlar y nos aplasta el pecho. Si no lo conocemos, entonces no lo podemos manejar.

Ahí estaba yo. Me sentía preparada, sentía que mis nervios y mi estrés por fin estaban retrocediendo, había encontrado un equilibrio. Me había informado sobre las opciones de parto que tenía, ya que con Noah no había tenido oportunidad de elegir (cesárea directa), había charlado con mi marido sobre lo que quería y lo que no quería, lo llené de información respecto a la violencia obstetrica que no debía tolerar, tenía mi bolso preparado, a Noah necesitando de mami y sus besos, familia avisada, impecable.

Peeeero... Claro, se encontraba todo tan en orden, que con un mínimo tropiezo, me quebré. "Las plaquetas están bajas. Hay que consultar con un hematólogo". MIEDO. Ultima consulta con mi obstetra, me lee el ultimo análisis de rutina. Su tono de voz era neutro. Pero yo lo único que entendí fue ALARMA. "Nada es perfecto" me decía una voz en mi cabeza. "Todo lo que creíste controlado se cae a pedazos" "Todo va a salir mal". No pensaba callarse. Si bien el doctor me aviso que no era nada para preocuparse, que simplemente quería quedarse tranquilo, sus palabras habían encendido una mecha, que en poco tiempo podían transformarse en un incendio forestal.

Salgo del consultorio y me dirijo a pedir el turno con el especialista en hematología. "No hay turnos por el momento" me dice sin siquiera mirarme a los ojos una muy aburrida recepcionista. Treinta y siete semanas y media de embarazo. Una panza explotada. Teo podía llegar cualquier día, un miedo terrible al parto, que creía haber superado, resurgía en mi cabeza, y la señorita ni siquiera me miraba a la cara para decirme que el señor hematólogo no tenía disponibilidad horaria. "Llame mañana y quizás tenga suerte".

Ok. Frustrada como estaba, intente al otro día. Nada. Me querían dar un turno para después de la fecha probable de parto. Estaba hecha una furia. Los peores escenarios se originaron en mi mente y todo por no poder consultar con el bendito hematólogo. Con los nervios de punta, las respiraciones cortas por la falta de espacio y por la ansiedad que sufría, llame a todos los teléfonos disponibles, amenazando a medio mundo con cartas documento, con juicios y demás cuestiones legales que se me fueron ocurriendo en el momento. Conseguí el turno.

Y el doctorcito, muy liviano, me lo canceló. Y cuando fui al siguiente turno, se fue antes de que yo llegara. Llanto desconsolado. Miedo feroz. No había especialista para mi, ni tiempo para visitar a otro. (Señor hematólogo, si estas leyendo esto, quiero que sepas que te odio)

Para mejorar aun mas las cosas, al día siguiente, comienzo a sentirme realmente incomoda.

Aquí tengo que hacer un paréntesis. Debo aclarar que nunca había experimentado una contracción, con mi primer hijo fue diferente. No entre en trabajo de parto, no sufrí malestar alguno, simplemente vieron una fisura en la bolsa y me llevaron a cesárea.

Dicho esto, prosigo. Comencé a sentirme realmente incomoda y mi mal humor aumentaba a pasos agigantados. Durante el almuerzo apenas podía quedarme de pie. A la tarde decidí recostarme un poco para aliviar el peso en mi cadera, pero no funciono. De hecho, me dormí ligeramente, y entre sueños sentía que se me partían los huesos. Para el horario de la cena, estaba sentada sobre mis piernas, con las manos sobre el colchón, pensando "¿Que demonios me esta sucediendo?"

A decir verdad, sabia lo que estaba aconteciendo. Si, no era estúpida. Mi cuerpo se estaba preparando para dar a luz. Algo que yo nunca había experimentado de forma natural. Las primeras contracciones vinieron acompañadas de un alud de angustia. Mi marido intento hacerlo todo. Incluso me ayudo a bañarme para que me relaje. Pero contracción a contracción, se me hacia mas y mas difícil mantener mi trastorno a raya.

Ya en la clínica, me avisaron que no iba a nacer por parto natural, ya que había riesgo de rotura de útero. ALARMA. Agradecí la información, pero claramente me puse aun peor. Trate de contenerme, pero en el momento en el que me quede sola cinco minutos en la habitación, llame a mi padre llorando, como si aun tuviese diez años. Era tal el grado de ansiedad, el grado de angustia que estaba sufriendo, que cuando comenzaron a operarme, sentí todos los dolores del mundo, y grite. Grite como una loca, liberando todo lo que estaba conteniendo. Se asustaron. Y me durmieron por completo.

Es realmente difícil vivir con ansiedad. Se puede, claro que se puede. Pero cuesta mucho, y cuesta aun mas cuando la gente a tu alrededor no comprende lo que te sucede. Creen que solo estas llamando la atención, que solo estas haciendo espamento.

No. Sufro de verdad. Sufrimos de verdad. Y muchas veces, morimos de vergüenza. Y frente a situaciones como la que conté anteriormente, nos encontramos completamente indefensos.

Así que a los pocos o a los muchos que lean esto les pido: sean empaticos. Con empatía podemos llevarnos mejor. Y si conocen a alguien con este problema, no lo juzguen. Lo mejor que pueden hacer es acompañarlo sin presión.

Gracias por haberme leído. Como buena ansiosa, tuve guardado este texto unos cuantos días, porque me daba miedo publicarlo. Pensaba "no lo va a leer nadie", o peor "Es horrible". "A nadie le interesa la ansiedad".

Darle click a "publicar" es también una batalla ganada para mi.

Espero leerlos en una próxima entrega.

Saludos!

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