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CamiiSanchez

CamiiSanchez en Diario de una ansiosa 13 de Setiembre de 2017

un dia en la vida de mi yo ansiosa

Vuelvo a aclarar. Solo voy a escribir sobre mis propias experiencias, no asumo ni afirmo que lo que yo vivo sea la realidad de las personas que atraviesan un trastorno de ansiedad generalizada.

Mis días "tranquilos" suelen comenzar de la misma forma. Mi hijo mayor, Noah, viene corriendo a mi cama y me despierta para que le prepare el desayuno, me abraza, me besa y me obliga a salir de la cama. Mi hermano se levanta al mismo tiempo, usualmente, y me ayuda a comenzar la rutina de cada día.

Hablo varias veces por teléfono con mi marido, ya sea por llamada o por mensaje, nos gusta estar conectados (súper cursi, lo sé).

Noah duerme dos horas de siesta (¡Paz!) que trato de acomodar a la siesta de Teo, el más chiquito. Entonces utilizo el tiempo para estudiar o limpiar la casa.

Por la tarde jugamos, vuelve mi marido del trabajo, planeamos la cena, y si es martes o jueves, me voy a la facultad. Vuelvo a casa cerca de las once de la noche para comer y acostar a los pequeños.

Me acuesto rogando que esa noche sea también "tranquila" y pueda conciliar el sueño como cualquier mortal.

Luego están mis días ansiosos. Últimamente éstos se transformaron en los días usuales. Vegetta diría "¡Su nivel de ansiedad supera los 9000!". Hace muy poco murió mi abuelo y fue como la gota que está a punto de provocar una catástrofe en la mesa.

Cada día ansioso es diferente al resto, pero todos guardan ciertas similitudes. Mi día nunca comienza, porque jamás termina. Cuando mi ansiedad se presenta con más fuerza pierdo la capacidad de dormir. Sí muchachos, INSOMNIO. Hermoso y amigable insomnio. Sé que no estoy bien porque a pesar de morir de sueño, doy vueltas y vueltas y aun más vueltas en mi cama, pensando todas las cosas que me gustaría decir, que me gustaría que sucedieran, o también, amo imaginarme el peor escenario posible en el que me podría encontrar algún día. Porque ante todo masoquista.

Se hace la hora de despertar a mi marido y finjo (inútilmente, porque él siempre sabe cuándo mi gran compañera me está haciendo compañía) que todo está bien y solo me desvelé. Continuo con los ojos abiertos como platos redondos de porcelana china sin poder hacer nada productivo. Porque claro, no van a pensar que al menos uno puede capitalizar tantas horas despierto. No, claro, si no, no tendría sentido, si es malo, que sea malo por completo. Intento estudiar, intento limpiar la casa. Todo se diluye a los cinco minutos de iniciada la tarea. Realmente se me hace imposible hacer la misma acción productiva más de diez minutos máximo, y eso realizando un gran esfuerzo.

El tiempo pasa inevitablemente y llega el momento del despertar de mis dos amores. Cuando comienzo a atacarme ellos lo sienten y se irritan demasiado. DEMASIADO. Mami les envía una vibra bastante tosca y ellos la manejan como pueden. Sé que un día voy a tener que hacerles un monumento por tolerar estas cosas. En fin, mis niños se tornan aún más inquietos, debido al estrés que les transmito y mi ansiedad solo puede ir en escala. Un círculo vicioso. Retroalimentándose conforme pasa el día. Trato de cantar, de escuchar música, es fundamental conectarse con algo que ocupe nuestra mente casi por completo (y digo "casi" porque hello!, soy madre, dah) que amerite concentración, para poder desplazar el foco de atención de aquellos problemas que están elevando la ansiedad.

Lamentablemente, en épocas como la que me toca transitar, no resulta. Ni siquiera puedo pensar en UNA canción que tenga ganas de escuchar. No logro escribir algo que me guste, de hecho, en este momento estoy escribiendo contra mi voluntad y casi por inercia. Probablemente al leer todo el artículo intente deshacerme de él. No quiero salir de mi casa, porque no encuentro nada atractivo fuera de ella. No quiero salir de mi cuarto, porque quizás así pueda encerrarme y dejar los problemas afuera. No quiero salir de mi cama porque estoy muy triste como para admitir que poco a poco voy perdiendo la batalla de esta semana, de este mes. Y quiero llorar sin que nadie escuche caer ni una lagrima mía, pero al mismo tiempo quiero que todos entiendan y me abracen y me sostengan. No quiero responder ninguna pregunta sobre lo que me ocurre, pero quiero ser capaz de decir todo lo que voy cargando por dentro.

Y lo más importante aún: muero porque alguien me diga "va a estar todo bien".

"No te preocupes".

El ansioso suele precisar que alguien lo convenza de forma fehaciente de que todo va a estar bien. Necesitamos que alguien nos provea de una seguridad que nosotros mismos no podemos sostener.

Preocupación. Apellido de mi amiga Ansiedad. Su nombre completo seria María Ansiedad Angustia Preocupación Pérez. Ah, sí, por cierto, es de familia importante mi amiga, lleva doble apellido.

Mi día se vuelve interminable. Usualmente no atiendo los llamados de mi marido, invento excusas sobre por qué no contesté, miro los mensajes de WhatsApp y los dejo allí, en el rincón de mi mente en el que se alojan todos los refugiados del huracán Ansiedad. Sobrecargo a mi hermano con tareas de niñero, porque me siento incapaz de estar con mis hijos sin afectarlos. Intento dormir, desordeno todo mi horario, no como. No como ni una magdalena. Simplemente no me pasa nada por la garganta. Si ceno. Siempre ceno, porque como con mi marido. Y tengo que hacerle creer que todo está bien.

Las cosas cambian cuando Leandro me pregunta, ya cansado de verme fingir, muy mal por cierto, que es lo que me sucede. ¿Qué es aquello tan terrible como para arruinar mi día, mi semana, mi mes?

No lo sé. Es tan increíble... Es verdad que tenemos pensamientos o situaciones disparadoras, como la muerte de un ser querido, problemas en el trabajo, exámenes, etc. A veces son tantas de estas cosas acumuladas que cuando me pregunta, no sé qué responderle. ¿Por qué estoy llorando inconsolablemente? ¿Por qué siento esta angustia alojada en mi pecho, aplastándome el corazón, quitándome el aliento?

Lo abrazo. Pienso, pienso, pienso. Intento darle forma a este monstruo.

Fracaso. Pero a él le digo que ya me encuentro bien. Leandro sonríe, con esos labios que amo besar, me observa y sabe que le estoy mintiendo. Siempre sabe cuándo le miento. "Vamos a estar bien Cami. De verdad, aunque no lo puedas ver, vamos a estar bien."

Y con esa frase logro repetirme a mí misma que es verdad. Que si mantengo mi mente positiva, vamos a estar mejor.

Si triunfo en mi intento de bloquear las ansias, es probable que esa noche pueda dormir.

Si no, mi amigo insomnio vuelve para hacerme compañía. Y la sumatoria de nuestros días juntos provoca momentos de nervios cuasi extremos. Hace poco en un supermercado, estábamos planeando la cena con mi marido. Aporte dos ideas súper económicas, ya que nos encontrábamos cortos de efectivo. Rechazo todo al momento de sugerido y cuando le pregunté qué quería cenar, simplemente dijo "no sé".

No sé.

No quiero nada de lo que me ofreces. Pero tampoco sé que quiero.

Oh.Por.Dios.

Es tonto, lo sé. Pero ese simple "no sé", sumado a los nervios que ya tenía, desataron una oleada de "tics" físicos que al principio no noté y luego no pude ignorar. Movía la cabeza hacia mi hombro en dirección horizontal. Sacudía mi otro hombro. Golpeaba rápido mi pie contra el suelo. Rascaba mi pulgar con mi dedo índice.

Nunca me había sucedido algo así. Esa fue la primera vez. Y apenas fui consciente intente detenerlo. Note que si me concentraba, lo evitaba. El problema era que algo comenzaba a apoderarse de mí, un temblor general. Como cuando se contiene el aliento por demasiado tiempo. Y tenía que soltar. O los "tics" o una crisis violenta de ansiedad.

A veces pienso que lo mejor es dejarlo fluir. Que la crisis llegue, me inunde, arrase con todo mi ser a su paso, me rompa, me agriete. A veces creo ilusamente que va a funcionar como una buena tormenta, que a su paso purifica. Y no. No suele ser así.

Después de todas y cada una de mis crisis, lo que me queda es vergüenza. Dolor. Frustración. Me siento una criaturita salvaje que no sabe qué hacer consigo misma para sobrevivir al mundo al que la han tirado. Me siento despojada de mi dominio, de mi control sobre mi propio ser. Siento vergüenza por encontrarme en semejante lugar de vulnerabilidad, por sentirme expuesta, todo mi pecho abierto para que este universo pueda seguir escupiendo sobre él.

Por eso odio mis crisis.

Por eso intento a como dé lugar, pelear. Pelear y agotar todas mis instancias, intento salir de la cama, abrazar a mis hijos, besarlos, decirles constantemente lo mucho que los amo. Me siento a estudiar aunque me distraiga cada cinco o diez minutos, porque ante todo, le prometí a mi familia y a mi abuelito que iba a recibirme.

Si preciso llorar por cualquier cosa, o si preciso hacerlo tan solo porque sí, lo hago.

Y si tengo que pedir ayuda, levanto el teléfono.

Un día ansioso puede ser un hecho aislado. Al fin de cuentas, tengo que convivir con este trastorno hasta el final.

Hoy noto que ya es usual y me toca emprender una nueva batalla.

Como les dije antes, escribir y publicar este artículo es un avance en mi conquista.

Paso a paso voy poniendo todo de mí para seguir levantándome.

Espero hayan encontrado ameno mi relato, vuelvo a pedirles que si conocen a alguien que padezca o pueda padecer de este trastorno, no los juzguen, que para eso ya se tienen a ellos mismos.

Nos leemos en una próxima entrega.


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